domingo, 26 de mayo de 2013

¿Dónde se rompe la cuerda del erotismo?




Alguien me habló la semana pasada de una exposición de fotografía que está teniendo lugar en la Michael Hoppen Gallery de Londres. “¿Fotografía erótica?” me dije “tengo que verla”. Quiero sacarle el máximo provecho a mi tiempo aquí, absorber todo lo que esta ciudad me pueda ofrecer y Londres no es sólo una ciudad con una gran variedad de museos sino también con muchas galerías de arte abren sus puertas para todo aquel que quiera entrar. Así que ayer sábado planeé una tarde de visitas por dos galerías con una amiga.  
Primero fuimos a ver la exposición de Nobuyoshi Araki a la Michael Hoppen Gallery.
Confieso que no conocía al fotógrafo ni su obra, nunca había oído hablar de él hasta que me comentaron lo de la exposición. Antes de ir a ver una exposición, si no conozco al artista, me gusta informarme. Busqué información en Internet sobre él y una palabra destacaba por encima de todas “polémica”. Después de ver sus fotografías entiendo claramente por qué. Con este artista me ha pasado algo que no me suele pasar muy a menudo: por algunas fotografías he sentido un completo rechazo, mientras que otras me han encantado.
¿Hasta dónde llega lo erótico? ¿Dónde está la línea que separa lo erótico de lo desagradable? Para mí, una línea muy fina que este fotógrafo ha cruzado en varias ocasiones. Aunque, como todo, en este tema habrá opiniones diferentes y quizás lo que para mí no es erótico para otros lo sea.
En gran parte de su obra cruza la línea de la vulgaridad, pero bueno, hasta ahí nada del otro mundo. Pero en la parte de su obra dedicada al Kinkabu (bondage) considero que en más de una ocasión no es que cruce la línea de la vulgaridad es que roza la línea del misoginismo. Es extraño como utilizando el mismo recurso, el bondage, en algunas fotografías me parezca que capta perfectamente la erótica de ese técnica mientras que en otras me parezca que lo que capta es humillación hacía la mujer.
Sé que sólo soy una aficionada al arte y no una entendida, sé que puede que no entienda nada sobre bondage, pero sé que es lo que me gusta ver y lo que no.
Si soy sincera no se si decir que es un fotógrafo que me gusta o no, parte de su obra me ha gustado mucho pero es como si la parte que no me ha gustado pesara demasiado. No es que se traten de fotografías más bonitas o más feas, sino algo que va mucho más allá de eso.
Os dejo algunas fotografías suyas para que juzguéis por vosotros mismos. Las dos  primeras y la de cabecera están dentro de esas que me han gustado bastante, que me han parecido eróticas dentro de la técnica del bondage. Las otras… en fin, juzgar vosotros mismos. Puede que yo sea muy sensible con este tema.






martes, 14 de mayo de 2013

Ligar

Londres, 8 de la mañana. Salgo de casa con la hora demasiado justa, otra vez. No debería haber perdido esos valiosos minutos maquillándome un poco. Nada especial, muy natural para ir a trabajar, pero aún así me ha quitado un tiempo valioso. Me puede el ser coqueta…
El metro a esta hora está insoportable, lleno de gente que se desplaza para ir a trabajar.
¿Encontrar sitio libre? Ni lo sueño, una vez más me tocará leer de pie, menos mal que el trayecto es corto.
Entre toda esa multitud hay un montón de hombres en traje, la hora punta es lo que tiene. Todos recién duchados, afeitados, oliendo genial a colonia… No se que tienen los hombres en tarje pero me encanta. A veces, cuando veo a uno que atrae, fantaseo con un escarceo. Acercarme por detrás, susurrarle algo al oído y bajarnos en la próxima parada para echar un polvo en el baño de algún Starbucks antes de ir a trabajar.
Estoy en el metro, de pie, rodeada de varios de esos hombres en traje. Imposible leer, así que me distraigo mirando lo que está haciendo en el móvil el hombre que está a mi derecha. EL PAÍS, se puede leer en la pantalla del IPhone. Miro hacia arriba y le observo un momento. Es mono, moreno, alto, de unos 35. “Mi tipo” pienso, y antes de darme cuenta mi subconsciente ha decidido ligar con él. En esta ocasión lo tengo muy fácil para un primer contacto, está leyendo EL PAÍS. “¿Son buenas noticias o malas como siempre?” le pregunto y le sonrío. Levanta la mirada de la pantalla, me mira y me contesta. “Malas, como siempre” y se medio ríe mirándome a los ojos. Ya está, a partir de aquí es cosa suya. Yo ya he generado el primer contacto, ahora si el quiere charlar sólo tiene que seguirlo, si no lo sigue es que le intereso lo más mínimo, ni para amenizar el viaje en el metro con una charla. “¿De dónde eres?” me pregunta. “Genial” pienso “al menos iré el camino entretenida”. “De Madrid, ¿y tú?” – “de Alicante”. Después de eso, los típicos “qué haces en Londres”, “dónde vives”, “cómo que decidiste venirte”, y así hasta el “tu novio tiene que estar orgulloso de ti”. Esa siempre es una frase trampa, si yo le respondo: sí, lo está. Él se retirará y a otra cosa, pero si por el contrario le digo que no tengo novio continuará con el “cortejo”.  No tengo novio así que le digo: “qué va, no tengo novio, pero mi madre está orgullosísima” Nos reímos los dos. Un poco más de charla y por fin llega el momento, le he interesado para algo más que para una charla en el metro y se va a tirar a la piscina. “Podíamos quedar un día para tomar algo” me dice así como si nada. “Claro, me encantaría” le respondo también como si nada, pero con una de mis mejores sonrisas, de esas medio tímidas. Y justo en ese momento me doy cuenta de que estoy en mi parada, ¡mierda! No me puedo entretener, voy tarde, no tengo su número ni él tiene el mío pero no puedo ir hasta la próxima parada. Tengo que bajarme. “Esta es mi parada, me tengo que ir. Adiós” le digo rápido mientras intento abrirme paso hacia la puerta. A la vez que salgo le escucho que dice: “oye, no tengo tu número” pero ya es tarde, las puertas del metro se han cerrado.
Mientras continúo mi camino pienso, por un lado me da un poco de rabia no haber tenido tiempo de intercambiar números. Últimamente no estoy muy abierta a relaciones sentimentales pero nunca se sabe, quizás lo hubiéramos pasado bien. Y mientras miro por la ventana del tren que me lleva a mi destino final me veo a mi misma, muchos años atrás y recuerdo claramente, como si hubiera sido ayer, una pregunta que le hice a la hermana mayor de una amiga. “¿Cómo se liga? Yo quiero aprender a ligar” “ a ligar no se aprende” me dijo “cuando seas mayor te saldrá solo” 

A falta de una imagen más adecuada (estoy muy cansada y me quiero acostar ya) un cuadro de Edward Hopper, un artista que aunque no es de mis favoritos, le tengo un cierto cariño desde que fui a ver una exposición suya en el museo Thyssen con alguien muy especial.